martes, 16 de febrero de 2016

Tengo miedo torero. Pedro Lemebel.

Imagínense que alguien les hubiese venido a contar uno de los sucesos más escalofriantes que ha sufrido en sus propias carnes. Unas circunstancias donde se vio oprimido. Unos episodios por los que política y socialmente se vio apartado. Hechos en los que cualquier otro como usted mismo hubiese actuado de otra manera. Es más, contemplen por un momento la idea de que aquello que es tan estremecedor se lo cuentan de forma remilgada. Es posible que la primera impresión que le dé a entender esté entre lo incomprensible y lo confuso. Pero si yo le dijese que la opresión viene por parte de una dictadura y la persona que se lo cuenta es una Locaseguramente llegue a pensar que se trate de algo así como la sinopsis de Fresa y Chocolate o el resumen de El beso de la mujer araña. Lo cierto es que no andarían muy lejanos los tiros. 
Tengo miedo torero (Chile, 2001) es la novela y Pedro Lemebel su autor. En ella nos presenta a un Molina que encarna hasta el extremo el rol femenino, sin haber significado en su figura, solo reivindicación. Por otro lado un Valentín igual de activista pero más afable. Ambos avanzarán en el argumento de la novela, consiguiendo que con el transcurso confundamos sus identidades. Sancho pasaría a ser Quijote y Quijote algo Sancho. Habrá gigantes pero no habrá Dulcineas. La Loca de enfrente, que es así como se llama nuestra, o nuestro, protagonista, acogerá algunas pertenencias del otro personaje principal,Carlos. Lo que descubrirá con el tiempo es que en ellas iba a estar el cambio, su transformación. 
Por otra parte tendremos a la figura de Pinochet aplastada por la única persona que estuvo por encima de su territorio. Ni subversivos ni otras fuerzas políticas supieron amedrentarlo tanto como la mujer que nos dibuja Lemebel. Pinochet es el dictador, pero es ella la que tomará el mando en el lugar donde la fuerza se hará más evidente, el hogar. Por hacerlo más fácilmente entendible, ella sería sus lentes solares. En la dirección a la que apuntase su vista  ella siempre tendría qué decir. Su voz irritante termina de definir el molde de un personaje paródico y redefinitorio.
Quién sabe lo mucho que llego a releer y modificar su texto LemebelAcertadamente ha podido llegar hasta nuestras manos una obra cuyo lenguaje está muy bien trabajado con el que tendremos una narración cursi que equilibra con una literatura al nivel de Puig. La Loca camina y  deja huella. Sus andares lingüísticos no son ni de un lado ni de otro. Es una marcha políticamente femenina. El rastro de ella en Carlos crea que argumento típico de película, al que solo le falta un cierre de cortinas al final. 
Si queda aún imaginación, fantasee con una ranchera cantada por Mendoza, o si no saben quién es, figúrese que le canta Luis Miguel un bolero.  Así tenemos una trama algo tratada, pero particularmente original y con diálogos singulares que hacen al lector más perspicaz olvidarse de quién es quién, y que, mientras disfrutan de ambos personajes, se exasperan con una situación tristemente angustiosa, donde el tirano será menos tirano y la mujer más poderosa aún si cabe.

Marco A. Lescano 

martes, 9 de febrero de 2016

Confesiones de un moribundo

Querido yo,     24/01/2016

digo yo porque no sé tu nombre. No se puede nombrar a quien carece de identidad. Perdona mi digresión, probablemente te estés preguntando por qué te escribo. Te escribo porque a pesar de que te desconozco, eres el único a quien puedo confesar un temor que me acecha en los últimos días, en las últimas semanas. Siempre he sido una persona insegura, marcada, tal vez, por unos comienzos complicados, a la sombra de árboles más altos mi cuerpo era un pobre helecho con las hojas hacia abajo, sin garrapatas, puro y marginal. El paso de los años me ha ido llevando a conformar una personalidad fuerte, pero vacía. Presumo de adaptarme a las circunstancias cuando en realidad eres tú el que las adapta a mí. Me hago fuerte en mi debilidad, frágil como el pétalo de la amapola, endeble como la tierra ante el mar. 
Llevo tiempo buscando un camino, quizás de ahí que sueñe rápido y pretenda tener el futuro amarrado cuando todavía el pasado no ha llegado. Desperdicio las oportunidades que me van llegando como gotas de lluvia en una tormenta de verano. No sé por qué ese empeño en sacar el paraguas o de esperar debajo de un balcón sin más abrigo que el miedo y la soledad en un mundo en que la compañía se convierte en ancla, en alas de gallina. No es preciso presentaciones, sabes de quién te hablo, sabes el error que posiblemente he cometido; el tiempo dará la razón o se la quitará a aquellos que golpean mi cabeza con sus duras palabras mientras tú me lees en pasado, mientras yo te escribo en futuro. 
¿Tú también crees que me he equivocado? Hace doce días que pasó el plazo. No me voy a disculpar por esta rima que en mis últimos escritos, si yo fui quien los hizo, se empieza a imponer, anegando el mutismo de la prosa en el molesto canto del gallo, hermoso para demasiados pocos, odioso para escasos muchos. No te preocupes, no haré una hoguera con mi llanto, mas sí pulsaré un botón para que navegue las agua hacia la otra ribera. No obstante, ya esparcidas están sus ramas por el suelo fértil de la correspondencia. Trataré de recoger sus hojas en el parque de mi silencio.
La vida espera impaciente al otro lado de la ventana, mas yo me hallo en la penumbra de mi cuarto. La gente de mi alrededor (a un paso, a un millón) revolotea en mi cabeza como golondrinas a las que no puedo, no quiero asir. El sentimiento naciente se muestra indeciso. El abrazo de la soledad es tierno, las palabras se apelotonan a mi vera con intención de que las asimile. Me dejan verlas, sentirlas, mas no tocarlas, nunca poseerlas. Sus significados y sus matices se hacen inefables, incoloros en cuanto las rozo con la suavidad de mi cabello. La vida retirada es una opción que ahora contemplo. Ya pasó la edad de ser pirata, soldado o vaquero; ahora, en ese preciso instante que surca las aguas del pasado ajeno a mi mirada, oculto tras la niebla del tiempo, vagabundo en el océano de la edad; ahora, en aquel incierto instante, tú me pides que desaparezca. Me pides que me evapore, que me convierta en ese prófugo al que nadie persigue pero al que quizás algunos añoren. 
¿Cuánto duraríamos tú y yo? No mucho. No tendríamos boli ni papel. No tendríamos un ordenador donde confesarnos, para qué hacer más historias si ya miles de millones de árboles han sufrido la ira de las palabras mal escritas, los besos de la tinta de algún que otro desdichado con algo que decir. Nuestra vida sería un continuo peregrinar, se acabó el cuarto caliente y la comida fría. La basura sería nuestro restaurante, las calles nuestro hogar, el hielo nos daría calor, el sol contemplaría nuestro adiós. Adiós a una vida ausente de sentido. Adiós a sufrimientos absurdos cuando el dolor y el miedo y las humillaciones y la sinvida se esconden en otros rincones ajenos al de mi habitación. 
Tengo veintiún años y hoy estoy preparado para morir. Escribo estas líneas y me tengo que detener, pues hasta el último pelo de mi cuerpo se ha erizado ante lo que escribo, ante lo que me dictas, ante lo que copio. Quizás él no lo esté todavía, tal vez, cuando me levante, yo tampoco desee subirme al autobús plagado de viajeros. Si yo muero hoy, ayer ya estuve muerto, solo te quedan a ti estas líneas. Son tuyas, si son de alguien. No valen mucho, quizás ni dos colillas gastadas por el paso de los años. En ese caso, sabrás cómo me siento sin haber fumado. Sin haber reído. Con el abrigo puesto y el bloc de notas preparado para el siguiente viaje, viaje en el que intuyo que no tendré tiempo para escribir.









martes, 2 de febrero de 2016

Baise- moi

De hielo y no de cemento son los zapatos que más gente ahogan. Y no es el agua de un río, sino el alcohol de un vaso el líquido en el que los cadáveres quedan sumergidos. La imagen de alguien bañando sus penas en el fondo de un White Label no debería sorprender a ningún lector, hay veces en que no se puede más y matar unas cuantas neuronas parece la única manera de desconectar al menos por unas horas. Curioso: nos ahogamos para poder respirar.
¿Qué demonios suele tener un ciudadano medio? Es cierto, hoy en día es más común de lo deseable encontrarse con personas que han perdido sus casas, teniendo que mantener familias enteras, incluyendo críos a los que se les miente y se les cuenta que todo se trata de un juego antes que explicarles que sus propios progenitores, pese a darles la vida, no pueden costearla. Es realmente desolador. Pero, justo este perfil es el que no se da a la bebida, no porque no quieran (seguro acogían con los brazos abiertos un noqueo etílico que les relaje un poco), sino porque no pueden permitírselo. Triste mundo que hasta los vicios se escapan de nuestras posibilidades. No, los que se emborrachan no tienen problemas tan serios, ni de lejos. Y sin embargo, son a los que más se escucha. No pretendo hacer una apología moral de ninguna clase aquí, me incluyo entre estos patanes. Eso no quita que no vomite en palabras la realidad que mis sentidos me brindan.
Líos de faldas, peleas con amigos, discusiones en el trabajo, son los calvos que sellan el ataúd medio. Entuertos que nos golpean fuertemente y que no dejan de ser rabietas de niños de guardería; no cambiamos tanto como parece, simplemente nos dejan hacer más cosas -para que gastemos más, por supuesto-. Cuando estos viejos conocidos tocan a nuestra puerta lo que hacemos es llamar a nuestro fiel Jack y nos dedicamos a despotricar enfadados en la barra de un bar. ¿Esos son demonios? ¿Podemos llamar a eso tocar fondo? En absoluto. Creemos que cuando no podemos hundirnos más lo que sentimos es furia, rabia, ira. Falso. Si nos enfadamos es porque, en realidad, sabemos que las cosas podrían ser de otra manera; y eso quiere decir que no hemos tocado fondo. Es otra sensación la del abismo, una mucho más demoledora: la apatía.
Decía Kant que lo valioso de la vida no es ella misma, sino aquello que la hace digna de ser vivida. Si se ha perdido esa Osa mayor, se ha perdido todo. Y cuando digo todo, es todo; tampoco hay fuerzas para cambiar. El paso por la tierra se convierte en un mero deambular del punto A al punto B, el domingo al C, y de ahí vuelta al despertador. Una mera acumulación de días, unos encima de otros, tiempo matando tiempo, sin motivo ni objetivo. Los límites del bien y el mal se diluyen en esa situación, no tiene cabida la moralidad, pero no por crueldad, sino porque en tal circunstancia es completamente absurdo toda ética. No se discierne el deber, solo se trata de llegar al próximo jueves, ¿para qué?, para llegar al siguiente.
Exentos de esta lacra, en agónica liviandad, ¿qué determina qué y qué no hacer? Exacto, nada; nada salvo la pura efervescencia del actuar. Las acciones ya no se justifican, simplemente se hacen, indistintamente: se compra un helado o se asesina a un niño, en el Tártaro no hay diferencia entre las dos.

Agitamos el vaso, y mientras los cubitos repiquetean contra el cristal, el remolino que se forma en la bebida absorbe nuestra conciencia. ¿Hemos tocado fondo? ¿No tenemos nada que perder? No, lo que somos es unos hipócritas pretenciosos. Asomémonos de verdad al abismo y la apatía: Fóllame, de Virgine Despentes.

Matt K. Lann

martes, 26 de enero de 2016

Cuando no dan mis pasos


V

Ella, barroca y simple. Magistral sonrisa y mejor mirada. Hago como que escucho, prefiriendo observarla y respondiendo con la obviedad de la anticipación. Me sigue hablando y yo mientras la llevo al futuro. Es increíble lo sensible que puede llegar a ser el cuerpo. Ella me ve y yo la observo. Debo estar desvariando porque juraría que acabo de escuchar su sonrisa. Síntomas de locura que recreo en formas de florituras armoniosas. Ornamentas plateadas. Azulado destello de mi pequeña 
Le dejaremos seguir hablando, aunque lo más propio sería acabar con todo y decirle lo desgraciado que puede ser. Que solo es la herencia de un desastre. Escupe sobre el refugio que desprestigia. Busca el dolor en donde siempre hubo paz. Admiro su entereza después de lanzar frialdad y displicencia. Pero me mantengo. No me alejo. Tampoco le escucho. No clamo venganza, solo en mi silencio le declaro una guerra personal. No seré ni su tiempo a disposición ni la mano a torcer. Parsimonia y mesura se presentarán ante él. No dejará de ser mi aliado, pero tampoco seré su llaneza. Él es traición. Yo seré la vil ingratitud.
Todo lo que escribo lo destruyo. Es coherente, porque nada tiene sentido. Lo mío es soltar lo que hay en mí, como si fuese esto un diario juvenil. Lo que escribo no es para nada lo que se debe escribir. Me escapo del canon porque el canon no me deja expresarme. Introdúcete  en mis sensaciones. No encontrarás más que una inmediata sed de divagaciones. Pienso en el ayer y en el después. Escribo el antes y el mañana. Pinto mi presente. Dibujo quizá como me siento. Así soy, donde así me dejan ser. 
Raptó a la locura y ahora dice que no puede con ella. Se arriesgó a enfrentarse a sus miedos y decidió rehusar combatirlos. Si mi soledad le asusta, la suya le amedrenta de pavor. Me tuvo de solución, falté a mi palabra y se perdió. Quiéreme, solo tienes que hacer eso. Arriésgate de nuevo con esta loca. Carga con el peso de la confusión mermada. Siénteme en tu boca. Prometo no volver a ser tu fantasía enajenada. No quiero pagar con despedidas mis errores. 

Antonio L. Carrera 

martes, 19 de enero de 2016

El juego de las vidas

-          ¿Ya no quieres hablar? Perfecto, eso quiere decir que me toca a mí mover ficha. Elijo la de azul. Esta será mi mejor jugada, ya verás: vive aún con sus padres y sueña con ser actriz, pero una actriz de teatro. Al parecer le fascinan las representaciones teatrales. Con respecto a su carácter, te puedo decir que no es nada presumida, es algo desgarbada y bastante dúctil. Aunque no en todos los ámbitos. Al enfrentarse a su madre todo cambia. Alguna cuenta pendiente deben tener, de ahí las continuas protestas y los duros desafíos a su autoridad. Por increíble que parezca, la quiere. Es solo que ella es el impedimento de sus propósitos. De la madre no te puedo decir mucho, pues no la he visto nunca. La chica va alterada, demasiado alterada. No es costumbre en ella. No viene de hacer deporte, eso está claro, porque no lleva ropa deportiva. Su sudor debe ser por otra razón ¿Tú qué opinas? Estás muy callado.
-          A lo mejor tiene calor.
-          No creo que sea eso. A ver, quizá te sea difícil de creer pero ella ha cometido algún tipo de delito. Me gustaría equivocarme, pero no es ningún delito menor.
-          ¿Por qué piensas eso?
-       Tiene la mirada de aquel que se siente culpable. No para de restregarse las manos en los vaqueros, como si se estuviese secando ¿Quién intenta secar repetidas veces aquello que ya está seco? Solo un loco o un asesino.
-          Estás delirando. ¿A quién pudo haber matado?
-          A su madre.
-          Déjalo, esta vez no has jugado bien. Has exagerado mucho las cosas. No has hilado bien la historia.
-          ¡Oye! ¿te ocurre algo?
-          No, es solo que ya no me apetece jugar.

De repente la blancura se apoderó del gesto de Gabriel y solo pronunció tímidas palabras sin darles un final cifrable- No será…
-          -            Sí, ella era…

Algo hizo que la joven se girase y mirase Gabriel, quien estaba solitario en las escaleras de la entrada de una iglesia con la mirada fijada en ella. La muchacha de azul retomó su marcha. Ellos dieron por concluido el juego. Quizás la próxima vez que se vieran podrían acabar esa partida. 

Antonio L. Carrera

martes, 12 de enero de 2016

Aubrey

Aubrey

Abro la cartera, saco un billete. Lo sujeto con la boca. El mismo proceso. Notar el papel moneda entre mis labios me excita, ese sabor me indica lo que va a pasar. Mi mano derecha indaga en el bolsillo trasero del vaquero: encuentro lo que busco. Mierda, siempre se me olvida la tarjeta. Cisterna, cartera, billete, todo apoyado en ese orden. Ahora es la brida la que ocupa mis labios, es demasiado pequeña y no quiero perderla. Oigo gente tras la puerta. Las notas ruidosas de fondo mueven mi cabeza y la música hace que tenga sed. No recuerdo si he traído mi vaso o no, pero como por instinto miro al suelo, a mi izquierda: ahí está. Dejo la brida junto al billete mientras abro mucho los ojos, como fotografiando el momento para asegurarme de que no se me olvida dónde la dejo. Un trago largo quema mi garganta, pero me encanta la sensación. Me doy cuenta perfectamente que estoy en el límite, que como siga no habrá marcha atrás, pero recuerdo las palabras de Kafka: “A partir de cierto punto en adelante no hay retorno. Ese es el punto que hay que alcanzar”. Si algo me gusta más que esta situación es que sea Kafka quien venga a mi mente. Sonrío y doy otro trago, este me ha sentado mejor. Sigo trabajando. Por fin la descarga esperada: un estremecimiento recorre mi piel provocándome una sensación inefable. Me siento pletórico y eso hace que me ría. Lamo el borde de la tarjeta para apurar hasta el final el viaje. Empiezo a recoger. La puta brida ha desaparecido de nuevo; se había caído al suelo.

Ahora oigo mejor la música. Sigo sin poder apreciarla lo suficiente como para reconocer la canción, pero el ritmo me embauca y me siento agresivo. A través del espejo, entre pegatinas, rayajos y pintadas diviso una figura que me mira desde. Veo como se mueven sus labios pero el sonido no llega a mis oídos. Paso de él.

Cruzo el umbral de la puerta. El volumen de la música me golpea y la oscuridad me arrastra hacia ella. Me dejo hacer, se que estoy en buenas manos. Noto como baja por mi garganta y la acompaño con otro trago. Estoy en la puta gloria.
Mis pupilas dilatadas empiezan a buscarla por todo el garito. Se que debe estar cerca de la barra, pero a estas alturas ya no puedo asegurar nada. Por fin la encuentro. De repente ya no es solo mi mente la que vuela, también mi corazón, y la mezcla hace que me sienta aun más liviano. Dicen que la vida es como un saco que vas llenando con recuerdos, yo sin duda me quedaría con este. La música altísima ocupa todos mis pensamientos, mi consciencia está apagada por el alcohol pero aun así estoy activo gracias al efecto de las drogas. Desde hace meses esta es la única forma que tengo de desconectar de todo y no estar sumido en una profunda depresión. Pero el factor imprescindible, lo que hace que todo se funda en perfecta armonía, es que ella esté esperándome en la barra. En mi estado no se como todavía puede pasarse algo por mi mente, pero de verdad que no puedo parar de pensarlo: es ella la que hace que mi coma químico inducido sea feliz y no agonizante. Ella es la clave.
El ron distorsiona mi percepción temporal, se me ha hecho eterno llegar a su lado. La abrazo por detrás, se da la vuelta y me besa. Su boca sabe a alcohol, y no se porqué, pero me vuelve loco. Su saliva ha sido el detonante perfecto para terminar de perfilar el efecto de la cocaína, y cuando me doy cuenta estoy saltando mientras canto a gritos la canción que suena. Ella se ríe a carcajadas, claramente de mí y no conmigo, pero se acerca y se une al desvarío. De nuevo el efecto etílico me permite dilatar este instante: está preciosa, con su pelo recogido en una coleta alta pero algo despeinada debido al kilometraje de la larga noche; su brazo derecho sujeta una cerveza en lo alto, apuntando al techo, y cada vez que lo agita nos salpica; pero sin lugar a dudas lo mejor es su rostro, con esos profundos ojos oscuros, aun más marcados por el ahumado maquillaje negro, la perfecta curva de la sonrisa que no puede contener mientras se deja el alma cantando, y la manera tan graciosa y sexy de arrugarse su nariz. «A ponerme ciego, a quedarme sordo» -puedo tachar las dos cosas de mi lista- «a cerrar la boca y no esperar más del amor» -no espero nada más, ella está aquí. Es ridículo, se perfectamente que la letra habla de penuria y desamor, pero verla cantando conmigo hace que yo entienda lo que me de la gana. En su ausencia vomito todo mi odio al entonarla, pero hoy está, y eso lo hace distinto.

Siento que me muevo pero no veo por dónde voy. Otra vez ese cristal. Me asusto, tiemblo, no la veo por ninguna parte y me empieza a faltar el aire. Si ni siquiera se dónde tengo mi propia cabeza, ¿cómo coño voy a saber dónde está ella? Me tranquilizo a mí mismo, salpico mi cara con agua y recupero del todo la visión. El espejo me muestra su reflejo tras de mí. Cuando me doy la vuelta me mira. No puedo evitar reírme tontamente al comprobar que ella también sujeta la brida con la boca, alguien debería inventar un sistema mejor. Hace un calor infernal y los dos estamos sudando. Aprovecho para mirar la hora, y mientras saco el móvil del bolsillo la oigo esnifar. Su aliento a licor café, verla sudar, oírla sorber por la nariz, todas esas cosas son asquerosas y no acierto a entender porque me parecen tan encantadoras. Estoy enamorado de cada una de ellas. Soy imbécil, no me he enterado de qué hora era. Llega mi turno y me da el billete enrollado, de nuevo el ascenso que me evade de mí mismo. Quiero darle otro trago a mi vaso, pero se adelanta y su saliva sustituye al ron.

Niebla, de nuevo la barra. Estoy empezando a no enterarme de cómo hago las cosas, pero me da completamente igual cada vez que la miro y la veo tan contenta, moviéndose con la música y bebiendo su cerveza. Ahora me apetece una cerveza; no, es otra cosa, lo que estoy es celoso de su cerveza, así que me acerco para besarla. Parece que la he pillado desprevenida, estaba embobada, aunque claro, no solo a mí me está pasando factura la ingesta de estupefacientes. Parece que ya reacciona, y me lo demuestra mordiéndome el labio inferior mientras me mira a los ojos, pero las drogas la hacen no medir bien la presión y me arranca un pedacito de labio. Sangro. Obviamente, no me importa. Una vez más, como tantas veces a lo largo de la noche, acerco el ron a mi boca, pero esta vez es diferente ya que el alcohol surcando mi herida hace que me escueza. El dolor me hace sentir vivo.

Ruido, sombras, náuseas, frío, intensa luz, un motor, mareos, más nauseas. Siento morir. Pausa…

Reinicio. Abro los ojos, me duelen muchísimo. También la garganta, pero aun más la nariz. Todavía no he enfocado la vista, no se dónde estoy. Me doy cuenta de que no llevo pantalones. Empiezo a vislumbrar el techo de una habitación, el gotelé es horrible. Un sudor frío empapa mi frente. Oigo una respiración al lado, giro mi cabeza con dificultad y trato de focalizar mi mirada. Confort. Ahí esta, tendida junto a mí. Tiene cara de no haber dormido bien. Despega las pestañas con dificultad y me descubre escrutándola. Automáticamente se enfurruña graciosa.

»Te odio… -traduzco un “te quiero”-.
»Eso era lo que faltaba.
»¿Cómo?
»Ayer en el bar. No conseguía recordar tu voz. Pero ahora ya te he oído y me siento mejor -sonríe mientras hunde su cara en la almohada-. »Deberíamos seguir durmiendo.

Matt K. Lann

martes, 5 de enero de 2016

Carta de Presentación

Hola,
me llamo Jaime P. Nací en Segovia, a pesar de no haber pisado nunca sus calzadas o visto su acueducto. Nací con la República, mas tengo treinta años. Dejé de escribir con quince, tras un mes de escritura frenética. La hoguera del tiempo consumió mis pensamientos. Mi primer recuerdo es de una navidad en casa. Estábamos los cuatro: la muerte, la luna, el silencio y yo. Yo tendría apenas tres años cuando me incorporé del nicho, corría el año 36. La casa era de una planta, hundida por el peso de la melancolía, rodeada por un hermoso páramo sobre el cual nunca voló una mariposa. A diferencia de mi tocayo ya durmiente, no puedo decir que fue la mía una infancia feliz. Quizás me di a la bebida demasiado pronto y olvidé lo que es disfrutar estando sereno.
            Aprendí a sumar con las colillas desechas por mi hermano. Los palos fueron mi lápiz y mi papel el desierto. El cielo reflejaba mis versos mientras el maestro los borraba en el examen final, con lágrimas de disgusto. La escuela era la calle, y yo siempre hacía novillos. Me gustaba soñar y crear identidades: haber nacido en una familia marginal y tener al menos una sola razón para quejarme.
            Mi primera novia fue la contraportada del AS. Era como acudir a un burdel de lujo, nunca repetía. Sin embargo, nunca disfruté tanto como cuando le hice el amor a Ella. Con Ella era distinto. A Ella la amaba, no era una más. Todavía me acuerdo que fue con doce años una mañana de junio cuando amé a la Palabra por primera vez. Allí estábamos los dos, expertos en nuestra inexperiencia. La monté sin tregua. Me adueñé de su esencia con la pasión del que se juega todo consciente de que es ahora o nunca, Consciente de que sería la última vez que la podría besar. Consciente de que sería la última vez que podría tocar su cuerpo, palpar sus pechos, gozar su cuello, lamer su sexo. Mi pene erecto se erguía orgulloso ante la mera presencia de su ser.

            Mi única aspiración poética y vital es poder mirar a Cervantes a la cara, igual que él a Virgilio, ser el orgullo de mis padres. Quizás, por medio del relato breve no pueda, tal vez no consiga el éxito durante mis días, pero mi obra será leída. No caeré en la hipocresía de Kafka, yo seré el que la queme en los labios de los lectores y el que haga latir sus corazones. No un amigo. En cada palabra pondré mi alma, en cada frase robaré un segundo del lector, en cada sueño dormiré junto a Don Quijote en la cueva de Montesinos, mientras Daniel me crea en tu realidad.

Jaime P.