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martes, 9 de febrero de 2016

Confesiones de un moribundo

Querido yo,​​​​​​​​​     24/01/2016

digo yo porque no sé tu nombre. No se puede nombrar a quien carece de identidad. Perdona mi digresión, probablemente te estés preguntando por qué te escribo. Te escribo porque a pesar de que te desconozco, eres el único a quien puedo confesar un temor que me acecha en los últimos días, en las últimas semanas. Siempre he sido una persona insegura, marcada, tal vez, por unos comienzos complicados, a la sombra de árboles más altos mi cuerpo era un pobre helecho con las hojas hacia abajo, sin garrapatas, puro y marginal. El paso de los años me ha ido llevando a conformar una personalidad fuerte, pero vacía. Presumo de adaptarme a las circunstancias cuando en realidad eres tú el que las adapta a mí. Me hago fuerte en mi debilidad, frágil como el pétalo de la amapola, endeble como la tierra ante el mar. 
​Llevo tiempo buscando un camino, quizás de ahí que sueñe rápido y pretenda tener el futuro amarrado cuando todavía el pasado no ha llegado. Desperdicio las oportunidades que me van llegando como gotas de lluvia en una tormenta de verano. No sé por qué ese empeño en sacar el paraguas o de esperar debajo de un balcón sin más abrigo que el miedo y la soledad en un mundo en que la compañía se convierte en ancla, en alas de gallina. No es preciso presentaciones, sabes de quién te hablo, sabes el error que posiblemente he cometido; el tiempo dará la razón o se la quitará a aquellos que golpean mi cabeza con sus duras palabras mientras tú me lees en pasado, mientras yo te escribo en futuro. 
​¿Tú también crees que me he equivocado? Hace doce días que pasó el plazo. No me voy a disculpar por esta rima que en mis últimos escritos, si yo fui quien los hizo, se empieza a imponer, anegando el mutismo de la prosa en el molesto canto del gallo, hermoso para demasiados pocos, odioso para escasos muchos. No te preocupes, no haré una hoguera con mi llanto, mas sí pulsaré un botón para que navegue las agua hacia la otra ribera. No obstante, ya esparcidas están sus ramas por el suelo fértil de la correspondencia. Trataré de recoger sus hojas en el parque de mi silencio.
​La vida espera impaciente al otro lado de la ventana, mas yo me hallo en la penumbra de mi cuarto. La gente de mi alrededor (a un paso, a un millón) revolotea en mi cabeza como golondrinas a las que no puedo, no quiero asir. El sentimiento naciente se muestra indeciso. El abrazo de la soledad es tierno, las palabras se apelotonan a mi vera con intención de que las asimile. Me dejan verlas, sentirlas, mas no tocarlas, nunca poseerlas. Sus significados y sus matices se hacen inefables, incoloros en cuanto las rozo con la suavidad de mi cabello. La vida retirada es una opción que ahora contemplo. Ya pasó la edad de ser pirata, soldado o vaquero; ahora, en ese preciso instante que surca las aguas del pasado ajeno a mi mirada, oculto tras la niebla del tiempo, vagabundo en el océano de la edad; ahora, en aquel incierto instante, tú me pides que desaparezca. Me pides que me evapore, que me convierta en ese prófugo al que nadie persigue pero al que quizás algunos añoren. 
​¿Cuánto duraríamos tú y yo? No mucho. No tendríamos boli ni papel. No tendríamos un ordenador donde confesarnos, para qué hacer más historias si ya miles de millones de árboles han sufrido la ira de las palabras mal escritas, los besos de la tinta de algún que otro desdichado con algo que decir. Nuestra vida sería un continuo peregrinar, se acabó el cuarto caliente y la comida fría. La basura sería nuestro restaurante, las calles nuestro hogar, el hielo nos daría calor, el sol contemplaría nuestro adiós. Adiós a una vida ausente de sentido. Adiós a sufrimientos absurdos cuando el dolor y el miedo y las humillaciones y la sinvida se esconden en otros rincones ajenos al de mi habitación. 
​Tengo veintiún años y hoy estoy preparado para morir. Escribo estas líneas y me tengo que detener, pues hasta el último pelo de mi cuerpo se ha erizado ante lo que escribo, ante lo que me dictas, ante lo que copio. Quizás él no lo esté todavía, tal vez, cuando me levante, yo tampoco desee subirme al autobús plagado de viajeros. Si yo muero hoy, ayer ya estuve muerto, solo te quedan a ti estas líneas. Son tuyas, si son de alguien. No valen mucho, quizás ni dos colillas gastadas por el paso de los años. En ese caso, sabrás cómo me siento sin haber fumado. Sin haber reído. Con el abrigo puesto y el bloc de notas preparado para el siguiente viaje, viaje en el que intuyo que no tendré tiempo para escribir.

Tú​








martes, 2 de febrero de 2016

Baise- moi

De hielo y no de cemento son los zapatos que más gente ahogan. Y no es el agua de un río, sino el alcohol de un vaso el líquido en el que los cadáveres quedan sumergidos. La imagen de alguien bañando sus penas en el fondo de un White Label no debería sorprender a ningún lector, hay veces en que no se puede más y matar unas cuantas neuronas parece la única manera de desconectar al menos por unas horas. Curioso: nos ahogamos para poder respirar.
¿Qué demonios suele tener un ciudadano medio? Es cierto, hoy en día es más común de lo deseable encontrarse con personas que han perdido sus casas, teniendo que mantener familias enteras, incluyendo críos a los que se les miente y se les cuenta que todo se trata de un juego antes que explicarles que sus propios progenitores, pese a darles la vida, no pueden costearla. Es realmente desolador. Pero, justo este perfil es el que no se da a la bebida, no porque no quieran (seguro acogían con los brazos abiertos un noqueo etílico que les relaje un poco), sino porque no pueden permitírselo. Triste mundo que hasta los vicios se escapan de nuestras posibilidades. No, los que se emborrachan no tienen problemas tan serios, ni de lejos. Y sin embargo, son a los que más se escucha. No pretendo hacer una apología moral de ninguna clase aquí, me incluyo entre estos patanes. Eso no quita que no vomite en palabras la realidad que mis sentidos me brindan.
Líos de faldas, peleas con amigos, discusiones en el trabajo, son los calvos que sellan el ataúd medio. Entuertos que nos golpean fuertemente y que no dejan de ser rabietas de niños de guardería; no cambiamos tanto como parece, simplemente nos dejan hacer más cosas -para que gastemos más, por supuesto-. Cuando estos viejos conocidos tocan a nuestra puerta lo que hacemos es llamar a nuestro fiel Jack y nos dedicamos a despotricar enfadados en la barra de un bar. ¿Esos son demonios? ¿Podemos llamar a eso tocar fondo? En absoluto. Creemos que cuando no podemos hundirnos más lo que sentimos es furia, rabia, ira. Falso. Si nos enfadamos es porque, en realidad, sabemos que las cosas podrían ser de otra manera; y eso quiere decir que no hemos tocado fondo. Es otra sensación la del abismo, una mucho más demoledora: la apatía.
Decía Kant que lo valioso de la vida no es ella misma, sino aquello que la hace digna de ser vivida. Si se ha perdido esa Osa mayor, se ha perdido todo. Y cuando digo todo, es todo; tampoco hay fuerzas para cambiar. El paso por la tierra se convierte en un mero deambular del punto A al punto B, el domingo al C, y de ahí vuelta al despertador. Una mera acumulación de días, unos encima de otros, tiempo matando tiempo, sin motivo ni objetivo. Los límites del bien y el mal se diluyen en esa situación, no tiene cabida la moralidad, pero no por crueldad, sino porque en tal circunstancia es completamente absurdo toda ética. No se discierne el deber, solo se trata de llegar al próximo jueves, ¿para qué?, para llegar al siguiente.
Exentos de esta lacra, en agónica liviandad, ¿qué determina qué y qué no hacer? Exacto, nada; nada salvo la pura efervescencia del actuar. Las acciones ya no se justifican, simplemente se hacen, indistintamente: se compra un helado o se asesina a un niño, en el Tártaro no hay diferencia entre las dos.

Agitamos el vaso, y mientras los cubitos repiquetean contra el cristal, el remolino que se forma en la bebida absorbe nuestra conciencia. ¿Hemos tocado fondo? ¿No tenemos nada que perder? No, lo que somos es unos hipócritas pretenciosos. Asomémonos de verdad al abismo y la apatía: Fóllame, de Virgine Despentes.

Matt K. Lann

martes, 19 de enero de 2016

El juego de las vidas

-          ¿Ya no quieres hablar? Perfecto, eso quiere decir que me toca a mí mover ficha. Elijo la de azul. Esta será mi mejor jugada, ya verás: vive aún con sus padres y sueña con ser actriz, pero una actriz de teatro. Al parecer le fascinan las representaciones teatrales. Con respecto a su carácter, te puedo decir que no es nada presumida, es algo desgarbada y bastante dúctil. Aunque no en todos los ámbitos. Al enfrentarse a su madre todo cambia. Alguna cuenta pendiente deben tener, de ahí las continuas protestas y los duros desafíos a su autoridad. Por increíble que parezca, la quiere. Es solo que ella es el impedimento de sus propósitos. De la madre no te puedo decir mucho, pues no la he visto nunca. La chica va alterada, demasiado alterada. No es costumbre en ella. No viene de hacer deporte, eso está claro, porque no lleva ropa deportiva. Su sudor debe ser por otra razón ¿Tú qué opinas? Estás muy callado.
-          A lo mejor tiene calor.
-          No creo que sea eso. A ver, quizá te sea difícil de creer pero ella ha cometido algún tipo de delito. Me gustaría equivocarme, pero no es ningún delito menor.
-          ¿Por qué piensas eso?
-       Tiene la mirada de aquel que se siente culpable. No para de restregarse las manos en los vaqueros, como si se estuviese secando ¿Quién intenta secar repetidas veces aquello que ya está seco? Solo un loco o un asesino.
-          Estás delirando. ¿A quién pudo haber matado?
-          A su madre.
-          Déjalo, esta vez no has jugado bien. Has exagerado mucho las cosas. No has hilado bien la historia.
-          ¡Oye! ¿te ocurre algo?
-          No, es solo que ya no me apetece jugar.

De repente la blancura se apoderó del gesto de Gabriel y solo pronunció tímidas palabras sin darles un final cifrable- No será…
-          -            Sí, ella era…

Algo hizo que la joven se girase y mirase Gabriel, quien estaba solitario en las escaleras de la entrada de una iglesia con la mirada fijada en ella. La muchacha de azul retomó su marcha. Ellos dieron por concluido el juego. Quizás la próxima vez que se vieran podrían acabar esa partida. 

Antonio L. Carrera

martes, 1 de diciembre de 2015

Cuando no dan mis pasos

IV

Camino junto a uno de mis aliados. Él no hace mucho me estaba incitando a creer que el mundo gira entorno a lo que decía Platón. Yo no podía contradecirle. No sé quién es Platón. Yo solo le hablaba de lo olvidado que tenemos a Feijoo. Y cuando todo apuntaba a que el debate llegaría a una resolución profunda, nos hallábamos el uno con el otro lanzándonos a suerte del azar afilados dardos, con el único fin de no acertar en la mano del contrario, en teoría. Y ahora de nuevo juntos, a disposición del asfalto, coordinando cada zancada que damos, intentando llegar cuanto antes a nuestros hogares, el único refugio a esta insulsa temperatura.

Vivo mi jornada con el pensamiento de que seré feliz y al acabar el día creo reafirmarme, pero no es así. Nada cambia porque él no puede cambiar nada. Yo no soy más que cúmulos de tropiezos y fantasías arruinadas. Desaprovecho mis pasos dados, andando con desaliento, pensando solo en un mañana repleto de oportunidades. Admiro a quien dicen que no debo y lloro por lo que se supone que no tengo que derramar lágrimas. Soy estulticia y mansedumbre. Aún me mantengo en mi ser, triste, pobre y degradado a la marginación por ser una simple soñadora. Por eso quieres alejarte. Pero tú no eres el problema. Eso es, por eso quieres alejarme. Créeme que te quiero, pero no puedo dejar de sentir que muchos dejaron sentirme. Esa es mi destrucción.

Escribir a la altura y renunciar a mis sensaciones. No todo es abarcable. Pero yo quiero plasmarlo todo. Una palabra va detrás de otra. Amenaza la lengua con dejarme tranquilo, en paz. Pero no quiero no ser  y anhelar el hierro que hay en mi pecho. Eso es lo que me hace escribir y lo que me pide que prosiga. Innato en mi escritura y en mi estilo imperfecto. Es esta una pincelada más. Cubro las mejillas de color rojo y con un brochazo encierro su mirada. La boca también. Se pierda la lengua y se pierde el alma.


No te echaré de menos en septiembre. Verano muerto, veré las chicas pasar. Será como aquella canción de los años ochenta. Seré como el tipo que algún día fui. Será como aquella canción de los ochenta. Seré como el tipo que algún día fui. El tren se detiene. La gota que se iba a precipitar desde el rojizo pelo se iba a precipitar y el impacto del chicle lanzado por el bárbaro caballero roñoso se detuvo. El traslado al pasado era factible en ese momento. Las condiciones meteorológicas lo permitían. Ya todo eso carecía de importancia. Cancelé el viaje y el trayecto de regreso se hizo más breve. Todo ha pasado. Ahora el tren avanza, la gota cae y el chicle me repugna al impactar con el suelo. Eso y nada más. Prometo no mandar más cartas y no pasar por aquí. Prometo no llamarte más y no inventar ni mentir. Prometo no seguir viviendo así. Prometo no pensar en ti. Prometo dedicarme solamente a mí. [...].

Antonio L. Carrera