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martes, 19 de abril de 2016

INOCENCIA Y SUEÑO. INDUSTRIAS Y ANDANZAS DE ALFANHUÍ DE RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO

Puede esperar sentado quien pretenda hallar una fuerte trama de acontecimientos entre las líneas de Industrias y andanzas de Alfanhuí, del polifacético Rafael Sánchez Ferlosio. Y es que lo importante en esta obra no es qué le pasa a Alfanhuí, sino simplemente que le pasan cosas. Es un bellísimo e imaginativo canto al puro andar los días. Fugazmente pasa el protagonista de recolectar hierbas a ser boyero, de ser taxidermista a practicar la mendicidad; lo central no es qué baldosas se encuentra en su recorrido, sino el andar su camino hasta el final por mor de andarlo. Ya que hemos sido arrojados a la vida, ¿por qué no aceptarla en su cambiante multiformidad y hacer del defecto virtud? Tal es la filosofía de vida de Alfanhuí: un increíble positivismo frente a todo lo que le sucede, no solo aceptando lo que le toca, sino disfrutándolo, viviéndolo, haciéndolo suyo. Y, curiosamente, es de esta manera tan sencilla, tan humilde -tan limpia, como recuerda Agustín Cerezales en el prólogo- como pasamos de la simple vida a una paleta llena de colores, capaces de maravillarnos como si siguiésemos siendo niños inocentes. Y es que no es otra cosa Alfanhuí sino inocencia.
Junto a ésta destaca otro elemento en la obra: el sueño. No sería justo hablar de fantasía porque el eje central del libro no se apoya en ella. Aquí no hay fantasiosas luchas, mágicos aconteceres o mitológicos personajes que acaparen nuestra atención principal. Es mucho mejor hablar de ensoñamiento. En los brazos de Morfeo vivimos cosas que, obviamente, no se dan en el mundo real, pero lo interesante es que seguimos actuando junto a ellas como si de lo más simple y banal se tratase. No tenemos el sentimiento de fascinación frente a la grandeza de luchar contra un dragón, sino la simple alegría de ver los vívidos colores de las flores, solo que ahora las rosas mutan cromáticamente, como la luz atravesando los finos hilos de fibra óptica; es la belleza de siempre de los pájaros en su elegante vuelo, con el matiz de que ahora tienen cinco alas y sus plumajes parecen obra de artistas circenses; el árbol en el que jugábamos de pequeños ahora en vez de savia destila zumos de colores. Redescubrimos así la realidad que siempre nos ha rodeado solo que desde la imaginativa perspectiva de los sueños.
Pero no se trata de un dormir profundo, pesado. Podríamos pensar en las líneas casi psicodélicas de Gérard de Nerval, en donde vamos descendiendo cada vez más en profundos niveles de sueños, desorientándonos, llegando a dar incluso sensación de angustia. Ferlosio rescata las coloridas e imaginativas letras de Nerval, las despoja de todo enrevesamiento, y las junta con la cándida inocencia de la Alicia de Lewis Carroll. Surge así el plácido sueño de una tranquila siesta en verano, al aire libre, sobre la hierba, los rayos de sol calentando nuestra tez pero sin llegar a quemar, con una muy leve brisa de fondo, un sueño del que nos despertamos con renovadas energías, descansados, con ganas de afrontar lo que sea. Esa sensación es la que provoca Industrias y andanzas de Alfanhuí.


Matt K. Lann

martes, 15 de diciembre de 2015

Pessoa y la tiranía de las ficciones sociales. Moral y estructuralismo.

Mayo de 1922, Portugal, restaurante sin especificar. El mundo asistía a una importante cena:

Habíamos concluido de cenar. Frente a mí, el banquero, mi amigo, gran comerciante y acaparador notable, fumaba como quien no piensa. La conversación, que había ido apagándose, yacía muerta entre nosotros. Intenté reanimarla, al azar, sirviéndome de una idea que me pasó por el pensamiento. Me di vuelta hacia él, sonriendo.
—Es verdad: me dijeron hace días que usted en sus tiempos fue anarquista...
—Fui, no: fui y soy. No cambié con respecto a eso. Soy anarquista.

Con este cruce dialéctico se iniciaba El banquero anarquista de Fernando Pessoa. Noventa y tres años llevan hablando, parecería reiterativo añadir algo al diálogo. No le faltaría razón a dicha crítica, por lo que no escribiré una palabra con respecto a la sobremesa. Eso no quiere decir que no la pueda utilizar para mis propios fines. Comentaba Ortega y Gasset en una ocasión que Natorp, uno de los grandes del neokantismo alemán, retuvo a Platón en una cárcel durante catorce años a base de pan, y solo le devolvió su libertad una vez el Griego dijo lo que Natorp quería que dijese. Yo no seré tan cruel -tampoco tendría la grandeza de Natorp para serlo-, pero sí que pretendo manipular a mi antojo las palabras de Pessoa. Éstas cobran más fuerza si provienen de un grande de la pluma.

Ahora, haré la siguiente pregunta: ¿qué sentido tiene defender valores éticos en un mundo gobernado por estructuras? Supongamos un ciudadano modelo, de intachable moralidad, incapaz por definición de hacer mal alguno y siempre dispuesto a ayudar. Sin embargo, participa en el infanticidio de miles de niños cada vez que llama por el móvil. Y es que, quiera o no, al comprarse un teléfono esta siendo cómplice de toda la negra industria explotadora del coltán, que como es bien sabido, usa manos infantiles como si de leña para el fuego se tratase. Daré una vuelta de tuerca más al ejemplo para sellar de antemano posibles fugas. Nuestro afligido personaje, consciente de su coimplicación en tan oscuro negocio, decide deshacerse de su smartphone. Pero ¡ay!, la suerte tiene un peculiar sentido del humor: su madre cae enferma, sin nadie más que su hijo para que la cuide, por lo que necesita estar disponible en cualquier momento y lugar. Tampoco podría apañárselas con cabinas telefónicas, pues teniendo todos un móvil en el bolsillo ya no es necesaria la presencia de teléfonos públicos en las calles. Él no quiere, pero necesita un teléfono móvil: sus manos están manchadas de sangre.
No faltará quien sugiera que, para resolver este problema moral, hay que luchar por la abolición de la industria telefónica móvil. Pessoa tiene algo que decir al respecto:
La tiranía es de las ficciones sociales y no de los hombres que las encarnan; ellos son, por así decir, los medios de que las ficciones se sirven para tiranizar, como el cuchillo es el medio del que se puede servir el asesino. Y usted ciertamente no juzga que suprimiendo los cuchillos suprime a los asesinos...
Parece obvio, pero no lo es. No vemos a nadie haciendo boicot a la multinacional cuchillera por colaborar en miles de asesinatos, pero sí que vemos a gente criminalizando el uso de los móviles. No me entiendan mal, no tengo nada en contra de los diversos modos de vida de nadie, pero lo que no tolero es plantear mal el problema. Si para fabricar teléfonos necesitamos coltán, y para ello se explota y esclaviza a niños, ¡lo que está mal es la explotación y la esclavitud, no los móviles mismos! Es el hecho de que no se busque otra manera de obtener coltán lo que es un delito flagrante, y no el que nosotros llamemos a nuestras madres cuando están enfermas. Y más si habitamos en un mundo en que, para bien o para mal, ciertas cosas se han hecho casi imprescindibles.
Pessoa habla de “ficciones sociales”, pero a mí me gusta más otro término que viene a designar exactamente lo mismo: estructuras. Lo que está mal se mire por donde se mire es que exista una estructura social que, al mismo tiempo que impone la necesidad del consumo de móviles a unas personas, no duda en explotar como animales a otras para saciar tal necesidad creada artificialmente. Desde finales del siglo XIX, alcanzando su máximo exponente en nuestros días, nos encontramos en la siguiente paradoja ética: podemos ser moralmente buenos como individuos, y aun así ser moralmente malos estructuralmente. Este oxímoron, y no otro, es el que debe atajar todo sistema ético.

Soluciones al problema: “(re)educar a la gente en nuevos valores”-dirán algunos- “para que así, al menos las generaciones siguientes, ya no tengan esa necesidad de comprar móviles. Con buenos modales todo se logra”. Permítanme discrepar, y si no a mí, al menos a Pessoa:

Destruya usted a todos los capitalistas del mundo, pero sin destruir al capital... Al día siguiente el capital, ya en las manos de otros, continuará, por medio de esos otros, su tiranía. Destruya, no a los capitalistas, sino al capital; ¿cuántos capitalistas quedan?...

                Lo único que lograremos con un mudo lleno de buenas personas, que siguen bajo un régimen estructural economicista, es que no se usen móviles, pero en donde se seguirá buscando nuevas formas de explotación y creación de necesidades asociadas a ellas. Serán las tablets, los televisores, o cualquier otro nuevo gadget. Como bien explicó Marx, el contenido material, en un sistema estructuralmente economicista, es lo de menos. Lo único que se produce es una cosa: plusvalor. Éste no es más que el beneficio surgido por la diferencia de lo poco que le cuesta al capitalista explotar niños del tercer mundo, y lo caro que vende luego los productos ya elaborados. Que ese plusvalor cobre forma de móvil, pan o misil es lo de menos.
Justo eso afirma Pessoa. Para ser morales en nuestros tiempos debemos centrarnos en las tiranías de las ficciones sociales, y no (solo) en sus individuales encarnaciones, ya sean sus productos (los móviles en nuestro caso) o sus impulsores (los capitalistas en palabras del luso).
            Es más que evidente que, en tanto que una estructura no es algo tangible, no podemos luchar directamente contra ella. La demanda moral deberá ir dirigida contra personas concretas, de carne y hueso. Ahora bien, lo que sería un fallo es considerar que ahí se acaba la demanda, en la mera expulsión del sistema de un determinado sujeto. Craso error. Si no se complementa esta acción moral con un esfuerzo por cambiar el sistema estructural (sea de la manera que sea), todo habrá caído en saco roto. No es suficiente ser buenas personas, hace falta algo más.
Traduzcamos esto en términos más políticos. No basta con votar para cambiar el collar al mismo perro. Y sí, la clara alusión a los días que vivimos y que nos deparan es intencionada. Seamos conscientes de que está en juego la posibilidad misma de ser morales.
Matt K. Lann




martes, 24 de noviembre de 2015

Cinco horas con Mario y una vida con España

Tristemente, Cinco horas con Mario (1966) es una obra que conserva su actualidad, pese a los varios decenios que distan de su publicación primera. Miguel Delibes creó una novela reflexiva en la que no hay digresiones filosóficas. Por medio de un estilo ameno, prosaico, plagado de repeticiones intencionadas que acentúan la sátira social, el autor vallisoletano expone la injusticia social que imperaba en los años de la dictadura franquista y en la España de principios de siglo (por medio de las constantes alusiones a la vida en la infancia de Carmen y a la madre de esta), la cual, por desgracia, comienza a ser bastante similar a la de los últimos años.
            De esta manera, se nos presenta una España fría, egoísta, en la que no importa la muerte del otro y de lo que ello representa. Una España cargada de reproches absurdos que se mueve ciega atraída por la pestilencia del dinero, las apariencias (¿por qué queremos un seiscientos si no nos lo podemos permitir?), la corrupción (qué acertadas son las palabras siguientes: "en esta vida cuentan más los amigos que los títulos", cap.XV: 120, como ya Galdós lo había condenado en Miau), y la distinción de clases ("cada uno en su clase").  En definitiva, una España medieval, regida por los principios en la que comienza a ser evidente la afirmación de Carmen: "leer y pensar es malo cariño" (cap.III: 50).
            Por ello, mientras vivamos bajo su techo, ella nos hará el terrible favor de pensar por nosotros, ella será la que se sacrifique y nos libere de llevar a cabo tan maligna acción. Y, si por una casualidad, Mario —los ciudadanos— "quiere pensar por su cuenta que lo gane y se vaya a pensar a otra parte [intelectuales exiliados], que mientras viva bajo mi techo [España], los que de mí dependan han de pensar como yo mande" (cap.XI: 115). Así pues, no nos queda más que felicitar a todos aquellos que han hecho posible esta situación y han permitido que se mantenga vigente en pleno 2015.
            Debemos estar satisfechos porque se va a dejar de jugar a los "despropósitos" de Mario y se cumplirán las palabras de su mujer: "mucho Dios, mucho prójimo, pero si los pobres estudian y dejan de ser pobres, ¿quieres decirme con quiénes vamos a ejercitar la caridad?" (cap.XI: 114).  Afortunadamente, se va a poder seguir ejerciendo la caridad, ya que cada día que pasa, a todo aquel que quiera estudiar en la universidad española le va a costar un poquito más. A diferencia de los polacos, quienes tienen la indecencia de ofrecer hasta dos carreras gratuitas a sus estudiantes. ¡Cómo se les ocurre! Sigamos con nuestra visión túnel, vamos bien.

            El mes que viene hay un día marcado en rojo en nuestro calendario, veremos a ver qué ocurre, veremos si Mario hijo se levanta a abrazar a la madre que se ha traicionado a sí misma, veremos si la gente ha pensado, veremos si la gente es Mario o Carmen. 

martes, 10 de noviembre de 2015

Ramón J. Sender

Con la brevedad que caracteriza al buen escritor, capaz de decir mucho en pocas páginas, Ramón J. Sender dio a luz Réquiem por un campesino español (1953), drama rural con ecos de tragedia clásica y que sirve, se podría decir, como una especie de sinopsis de un periodo crucial en la historia de España: el fin de la monarquía de Alfonso XIII, la proclamación de la república y la imposición del régimen franquista.
            Para la narración de los hechos, el autor no acude a la primera persona o a juegos literarios de manuscritos — técnicas empleadas una década antes por C.J. Cela en La familia de Pascual Duarte, otro drama rural que también se ambienta en ese periodo—, sino que Sender optará intencionadamente por el narrador omnisciente, y se servirá de un personaje como hilo conductor, Mosén Millán, el cura de la aldea. El papel de este en el transcurso de los hechos es tan vital que cuando la obra apareció publicada por primera vez, su nombre era el que daba título a la novelita. A pesar de que desconozco el  motivo real del cambio, una vez leída la novela, se puede apreciar como el auténtico protagonista no es  el cura, sino Paco. De este modo, Sender se apoya en el mismo recurso que empleará trece años después Miguel Delibes en Cinco horas con Mario: presentar un protagonista muerto y apoyarse en otro, partidario del lado franquista por sus creencias o su mentalidad (el cura en Réquiem... y Carmen en Cinco horas...), para eludir así la censura, se entiende. 
            La obra se abre un año después de la muerte de Paco y toda la acción que se corresponde con el tiempo presente transcurre en el interior de la iglesia. Sin embargo, la analepsis no se hace esperar demasiado, y por medio de los recuerdos del cura, se nos traslada a ciertos momentos biográficos de Paco, desde su infancia hasta el día de su muerte. Son pequeñas pinceladas que sirven para formar un cuadro bastante completo sobre  el fallecido,  la sociedad que lo rodea y los hechos históricos mencionados arriba. Marcado por una escena de su infancia (la experiencia de las cuevas que muestra la pobreza y la soledad en que se encontraba parte de la sociedad), y animado por los nuevos tiempos que se respiran en el país ante la huida del rey y la instauración de la segunda República, Paco abandera un movimiento que busca poner fin a los privilegios medievales de la nobleza sobre las tierras que otros cultivaban con el sudor de su frente en pleno siglo xx.
            Sin embargo, la llegada a la aldea de "un grupo de señoritos" "Un día del mes de julio", mientras la guardia civil no se hallaba en el pueblo por haber recibido órdenes de concentrarse en algún lugar indeterminado con "las fuerzas de todo el distrito", acaba con los sueños de los campesinos. Esta alusión explícita a los partidarios franquistas y el golpe de Estado que tuvo lugar el verano de 1936, eleva la obra a otra dimensión y la convierte en una metáfora de los acontecimientos ocurridos en España. De este modo, no solo se nos presentan los asesinatos nocturnos a inocentes ("‹‹No han hecho nada y van a matarlos. No han hecho nada››", pág.100), que tuvieron lugar con la llegada de los señoritos (lo cual se contrapone con el periodo de la República, en el que no hubo rastro de violencia física en la aldea), sino que también refleja la realidad española durante el gobierno franquista, en la que los representantes de la iglesia y la nobleza se hallaban "sentados en lugares de honor" (véase pág.87), más la vuelta al retraso social que imperaba en la época medieval y que la República había tratado de paliar, simbolizado por la devolución al duque de las tierras.

            El final se cierra con el comienzo de la misa (el cual se ve precedido por la presencia de un personaje inesperado, la mula de Paco), a la cual no acuden más que los enemigos de Paco, los mismos que se ofrecen a pagarla. Todos y cada uno de ellos estuvieron ligados de una manera u otra al régimen franquista. No hay ningún amigo, ningún miembro familiar. Solo, Paco se encuentra solo, igual que la trágica noche en que cerró los ojos para siempre. Esta idea es importante, ya que se hace mucho hincapié en ella al principio de la novela, quizás esa ausencia de seres queridos se deba a la personalidad que efectúa la llamada.

Gabriel Bravo Rodríguez 

martes, 27 de octubre de 2015

Martín Fierro

     El poema narrativo del autor argentino José Hernández, Martín Fierro (1872), supone la cumbre de la poesía gauchesca. El hecho de que el autor tratara al personaje con la mayor seriedad posible, con la idea de presentarlo a la sociedad a grandes rasgos, pero de manera fiel (como afirma él mismo en su prólogo cervantino); supuso una innovación, pues hasta ese momento el gaucho había sido una figura que, en el ámbito literario,  se había utilizado como motivo de burla a costa de su ignorancia.

     Hernández, conocedor de la falta de educación de la que carecían los gauchos, no cae en la paradoja del autor del Lazarillo, en la que el narrador en primera persona emplea un estilo inalcanzable para alguien sin estudios como es Lázaro. Para ello, el autor propone una narración de carácter oral que permite al gaucho expresarse sin problemas, pues aunque no es "cantor letrao", si se pone a cantar las coplas le van brotando "como agua de manantial". Este rasgo cantarín, muy probablemente, favoreció en gran medida la difusión del poema entre los gauchos y campesinos analfabetos, entre los que el poema se hizo muy popular desde su publicación.

      La obra consta de dos partes, conocidas como La ida y La vuelta. Como dato anecdótico se podría señalar que esta última no estaba planeada en un principio, al igual que la segunda parte del Quijote, sino que fue el tremendo éxito que tuvo lo que llevó a Hernández a redactarla. En ambas se critica el trato que reciben los gauchos hasta el punto de que el protagonista llega a decir que "el ser gaucho es un delito" (1ªparte, v.1324). Fierro se queja de  ser un hombre perseguido por la sociedad, lo cual le ha obligado a encontrase solo (se reencuentra con sus hijos en La vuelta) y a tener que irse a convivir con los indios, donde sufrirá una serie de vivencias que lo marcarán muy hondamente, como la muerte de su amigo Cruz o la brutalidad de estos.

      Con respecto a los indios, no todo son cosas negativas. El autor, a través de los ojos de Martín Fierro (al igual que hace Cervantes en Rinconete y Cortadillo con el mundo del hampa, un mundo ajeno completamente a la civilización al que no es fácil acceder) nos enseña la manera de vivir de los indios: sus costumbres (2ª parte, vv.475-ss), su brutalidad y, al mismo tiempo, sus cualidades positivas— que parecen ser un toque de atención a la gente civilizada—. Me refiero sobre todo a lo pacientes y respetuosos  que son con los caballos a la hora de domarlos, lo cual logran sin necesidad de darles un solo golpe (vv.1419-1424); o al hecho de que los botines que consiguen los repartan por igual (vv.637-642). Esto último es muy interesante porque contrasta con la avaricia y el desigual trato que reciben los gauchos en la frontera, cuando no son pagados por sus servicios militares (1ªparte, vv.3605-08; 2ª parte, vv.709-792).



      Muchas cosas más se podrían añadir sobre la obra, pero por una cuestión de extensión no me será posible comentarlas. Así, habrá que dejar para otra ocasión el análisis del juego de narradores de la segunda parte que nos ofrece otros puntos de vista que coinciden con el de Fierro (Hijo Mayor, Hijo Menor, Picardía—cuyo relato presenta relaciones con la picaresca y Cervantes—o el Moreno), la humanidad del protagonista que se preocupa por sus hijos perdidos o el momento en que él y Cruz ayudan al enfermo de viruela cuando están con los indios, por mencionar un par de ejemplos. Sin olvidarnos, claro está, del final del poema en el que se muestra, por un lado, que el color de piel es un mero disfraz y que lo que importa es la persona (algo importante si lo enfocamos desde el punto de vista cientificista, surgido a raíz del positivismo que se engendró en Hispanoamérica en 1867) y, por otro, el canto final de Fierro  con un fin didáctico-moral. 

Gabriel Bravo Rodríguez

Juan Rulfo y Martín-Santos

Apenas siete años separarán a dos de las grandes obras de las letras hispánicas del siglo pasado.  Tanto Juan Rulfo como Luis Martín-Santos concentraron todo su conocimiento narrativo en una única novela conclusa: Pedro Páramo (1955) y Tiempo de silencio (1962). Ambas fueron escritas bajo circunstancias disímiles, pero cada una de ellas destacó por su originalidad y su ansia de ruptura con las tendencias narrativas que estaban en boga a ambos lados del Atlántico.
            Rulfo formará parte de un grupo de autores que ofreció una visión profunda y en clave universal del hombre campesino y sus dramas. Para ello, frente a toda una producción prosaica que focalizó su interés en los nuevos conflictos del creciente ámbito urbano, los compañeros de generación del escritor mexicano volvieron sus ojos al indigenismo clásico y al viejo regionalismo, que rebrotaron gracias a ello con fuerza inesperada en los años cincuenta. Por su parte, Martín-Santos ambientó su ficción en el Madrid de la postguerra y con ella trató de precipitar el fin de la narrativa social.
            Ambos autores clausuraron a su manera los modelos tradicionales basados en el realismo. No obstante, presentan ciertas semejanzas: ambos rompen con la segmentación tradicional de la obra en capítulos y proponen una composición polifónica, se podría decir. Pedro Páramo se divide en dos partes, las cuales están marcadas por el diálogo de ultratumba  que mantienen Juan Preciado y Dorotea. Aunque la primera está dominada por la voz de aquel, ya en esta encontramos alguno de los recursos estructurales de la novela (que se verán acentuados en la segunda parte) como la interpolación, los saltos temporales y los cambios de perspectiva. Así, por ejemplo, el relato salta de la primera persona (Juan Preciado, en su encuentro con Eduviges) a la tercera, que nos sitúa brevemente en otro lugar y en otro tiempo: un momento de la infancia de Pedro Páramo en el patio de su casa. A su vez, mediante el estilo indirecto libre, aparecen intercalados fragmentos del pensamiento interior del cacique, que pertenecen a otro espacio-temporal, pues ya ha conocido a Susana (págs.80-86).
            Muy distinta es la propuesta de Martín-Santos. Juega con las voces de distintos narradores, cada uno con un estilo propio que nos permite saber en todo momento quién tiene la palabra. Los dos extremos los encontramos en la voz del narrador omnisciente (y en la más cercana a él, la de Pedro), con un registro cuidado, con extensas enumeraciones anafóricas que otorgan cierta musicalidad a la prosa (véanse págs15-16, 51-52) y tecnicismos, por un lado, frente a la jerga del Cartucho, plagada de léxico malsonante, repeticiones, frases elípticas y anacolutos, por otro.

            Otra coincidencia entre el español y el mexicano estriba en que vivieron una guerra cuyas consecuencias quedarán reflejadas en sus novelas. La guerra cristera (1926-1928) que vivió Rulfo durante su infancia dejó una honda huella en él, y las consecuencias de esta quedaron retratadas en Pedro Páramo. No obstante, el autor de El llano en llamas somete a una inflexión universal, mítica y simbólica todas esas tradiciones literarias cuyos consabidos referentes eran la tierra, el campesino-víctima o el caciquismo feudal, mediante la ficcionalización de todo. Esto explica la ausencia de fechas o personajes reales en la obra, a pesar de ser espejo de la historia reciente de su país. En el caso de Martín-Santos, las consecuencias de la guerra civil son también patentes, si bien ahora, bajo la envoltura realista de un contexto espacio-temporal definido y casi coetáneo a la escritura, son las innovaciones narrativas las que refuerzan el tono crítico y desesperanzado. Ambas novelas, sendas tragedias, presentan una mañana mortal, oscura; sin embargo, en las dos se abre una puerta, un rayo de luz entre la tormenta —aunque esa gota de lluvia llegue tarde a la estación de los habitantes de Comala—.

Gabriel Bravo Rodríguez